miércoles, 12 agosto, 2026

La Flor de Barracas: un siglo de historia y sabor en Buenos Aires

En una esquina de Barracas, donde el tiempo parece haberse detenido entre adoquines y filetes, se erige La Flor, un bodegón centenario que es mucho más que un restaurante. Es un testimonio vivo de la historia social y gastronómica de Buenos Aires. Durante la semana, su espacio es territorio de vecinos que mantienen rituales de antaño: una partida de truco, un vaso de vino o una simple charla. Pero cuando llega el fin de semana, el local se transforma, recibiendo a turistas y porteños de otros barrios atraídos por sus pastas caseras, su cantor de tangos y su atmósfera única.

Un menú con historia y leyenda

La carta de La Flor es un mapa de sus influencias y su pasado. Platos como los malfatti con estofado o la carne al Malbec representan la cocina casera y abundante que lo caracteriza. Sin embargo, uno de sus íconos tiene un origen más oscuro: «La Puñalada». Este plato, una bondiola cocida en salsa de cerveza negra y miel, acompañada de panceta, papas y huevos, lleva el nombre de una pelea a cuchillo que, según la tradición oral, ocurrió frente al local en sus primeros días. La historia, que habla de malevos y desafíos, parece impregnar las paredes y el piso original de mosaicos calcáreos que aún se conserva.

Resiliencia y herencia inmigrante

La supervivencia del bodegón a lo largo de décadas, sorteando crisis económicas y cambios sociales, es parte de su esencia. Un capítulo crucial se escribió con la llegada de dos mujeres españolas que, huyendo de la Guerra Civil, cruzaron el Atlántico e introdujeron recetas de resistencia como la tortilla y la contundente fabada asturiana. Estas preparaciones, pensadas para alimentar con poco, se integraron al menú y se adaptaron al paladar local, sumándose a la oferta de platos de cuchara que hoy son un sello de la casa.

Una nueva dueña y un renacer respetuoso

En 2009, el destino de La Flor tomó un nuevo rumbo con la llegada de Victoria Oyhanarte. Atraída por una «vibración especial» del barrio y del edificio mismo, decidió invertir en el lugar, que se encontraba en estado de abandono. Su visión no fue la de borrar el pasado, sino la de revitalizarlo con respeto. «Lo compré para hacer un bodegón de excelencia, pero heredé a los clientes de siempre», explica. Integró a los antiguos parroquianos –desde los habitués de la mañana hasta las maestras de la escuela vecina– con la nueva propuesta, e incluso instaló una ducha en el baño para quien la necesitara, gesto que habla de un compromiso que trasciende lo comercial.

Con el trabajo de toda su familia, incluyendo a Ofelia, la cocinera santiagueña que diseñó parte del nuevo menú, Oyhanarte logró rescatar el alma del lugar. Hoy, La Flor sigue siendo un refugio de autenticidad en una ciudad en constante cambio, un espacio donde la historia se sirve en platos generosos y donde cada rincón guarda una anécdota de Barracas, de sus inmigrantes y de un Buenos Aires que persiste, contra todo pronóstico, en la memoria de sus mesas.

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