La nave Orión, con sus cuatro tripulantes, afronta la fase más crítica de la misión: atravesar la atmósfera a velocidades extremas y soportar temperaturas superiores a los 2.700°C antes de amerizar en el Pacífico.
La nave Orión de la misión Artemis II se encuentra en las etapas finales de su viaje de regreso a la Tierra. Los astronautas Victor Glover, Christina Koch, Reid Wiseman y Jeremy Hansen se preparan para afrontar la fase más delicada de toda la expedición: el reingreso atmosférico, un proceso que combina tensión técnica y esfuerzo psicológico extremo.
Los cuatro tripulantes dependen de un entrenamiento intensivo y de la coordinación milimétrica con los equipos de rescate. La cápsula debe atravesar la atmósfera a más de 40.000 km/h, resistir temperaturas superiores a los 2.700°C, sobrevivir a seis minutos sin contacto con la Tierra y confiar en que todos los sistemas funcionen durante el tramo más peligroso. Victor Glover describió este momento como «montar una bola de fuego a través de la atmósfera».
Una vez que la cápsula toque el agua frente a las costas de California, los astronautas serán extraídos y sometidos a una evaluación médica inmediata. El protocolo contempla apenas dos horas entre el amerizaje y el traslado a instalaciones hospitalarias.
Los preparativos previos al descenso incluyen jornadas completas de ensayos de procedimientos de emergencia y rigurosas pruebas de equipamiento. Cada detalle es crucial cuando la vida depende de un sistema de paracaídas y un escudo térmico sin margen de error. Los astronautas también realizaron una maniobra de corrección de trayectoria mediante un breve encendido de motores para ajustar el ángulo preciso de entrada atmosférica.
Rick Henfling, director de reingreso, lideró las pruebas de los trajes especiales que estabilizan la presión arterial y la circulación sanguínea tras semanas en microgravedad. El día previo a la reentrada, la tripulación maniobra manualmente la nave, posicionándola para maximizar la generación eléctrica y revisando minuciosamente cada etapa del protocolo.
Unos 20 minutos antes del descenso definitivo, el módulo de servicio se desvincula de la Orión. Esta estructura, responsable de proveer soporte y energía durante el viaje lunar, se desintegrará poco después al ingresar en la atmósfera. La tripulación dispone de una última oportunidad para corregir la trayectoria con un encendido final antes de iniciar la caída hacia aguas cercanas a San Diego, California.
La cápsula penetrará la atmósfera terrestre a una altitud de 121.920 metros. Apenas 24 segundos después, se producirá una interrupción de comunicaciones de aproximadamente seis minutos debido a la formación de plasma por el rozamiento, lo que aislará totalmente a los astronautas de los centros de control en Tierra.
La estructura de la Orión está equipada con el escudo térmico más grande instalado en una cápsula espacial, capaz de soportar temperaturas que alcanzan los 2.760°C. Tras superar el periodo de incomunicación, a 45.720 metros de altura, se produce el despliegue secuencial de paracaídas: primero dos pequeños para frenar el descenso inicial y luego tres principales que desaceleran la nave a 38 km/h, permitiendo un amerizaje controlado. Al tocar el agua, un sistema de flotadores inflables coloca la cápsula en posición vertical para facilitar la evacuación.
