El ex productor de cine Mariano Contreras fundó Trapo Fashion Fear, una marca de indumentaria que utiliza repasadores, rejillas y trapos de piso como materia prima. Hace dos meses abrió un local en el barrio de Palermo, sobre la calle Fitz Roy.
Choele Choel, Río Negro. Un hombre que hizo películas premiadas internacionalmente no puede dormir la siesta. La gente del pueblo duerme, el río corre. Él agarra unos repasadores de cocina y empieza a coser. De ahí nació Trapo Fashion Fear, la marca de indumentaria de diseño de autor que convirtió los rejillas, repasadores y trapos de piso en prendas que ya desfilaron en Italia. Su creador es Mariano Contreras, 41 años, ex productor de cine y televisión.
Contreras venía de otro universo. Fue parte de películas con reconocimiento internacional como Plan B, Ausente y Mariposa, todas dirigidas por Marco Berger. Vivía en Buenos Aires hasta que en 2020, la pandemia y una noticia inesperada cambiaría sus planes y su vida entera.
“La pandemia me agarró filmando en Punta del Este. Yo estaba como productor, director y guionista. Tenía una semana de rodaje y mi mujer me llamó y me dijo: ‘Estoy embarazada’”, declaró en diálogo con iProfesional. Lo que siguió fue una cadena de revelaciones: embarazo de dos, rodaje suspendido y un regreso a Buenos Aires que pronto se convirtió en mudanza definitiva a Choele Choel, donde sus bisabuelos habían echado raíces.
“Acá la gente duerme la siesta, pero yo nunca lo logré”, afirmó. Fue en ese hueco de tiempo que empezó a ver películas —Pandillas de Nueva York fue la primera gran inspiración— y se le metió la idea de coser. Como jamás había cosido ni un botón, buscó profesora en el pueblo. La encontró. Ángela, una señora de décadas de trayectoria en el taller local, lo miró con escepticismo. Cuando llegó con su primera idea —una chomba hecha con repasadores de estilo francés— la reacción no fue más alentadora. Aun así, se sentaron, cortaron y cosieron una chomba para arrancar. Cuando terminó, se sacó una foto, la subió a las redes y esperó las repercusiones.
“Me empezaron a llamar productores de repasadores, gente de medios, de todos lados. Ahí dije: ‘Esto tiene repercusión’”, sostuvo. Contreras aclaró que el nacimiento del proyecto no estuvo pensado como emprendimiento. “No fue ni con ganas de hacer un negocio ni con ganas de que me hagan notas. Era como reinventar un objeto cotidiano. Me divertía hacer eso”, afirmó. Pero la repercusión hizo que aquello que había empezado como un juego comenzara a tomar forma. Llegaron más entrevistas, pedidos y hasta una invitación para participar en un desfile en Italia.
“Me llaman de la revista Caras y me dicen que me habían convocado para un desfile en Salerno. No tengo, nada, nada, nada, nada”, dijo cuando recuerda el momento. Se subió al avión a pesar de las advertencias de que competiría con diseñadores reconocidos. “Me dijeron: ‘No tengas expectativa de vender, vas a competir contra los máximos popes que hay allá’. Yo no tenía expectativa de nada”, relató. Su presentación llamó la atención, al punto de que terminó haciendo dos desfiles. Vendió: una mujer se acercó para comprar el vestido que llevaba puesto una de las modelos. Era la productora del desfile de Kazajistán. Su madre, que lo había acompañado al viaje, le cobró 500 euros. “No estamos vendiendo trapo, estamos vendiendo diseño, estamos vendiendo innovación”, le dijo ella.
De vuelta en Argentina, Contreras se asoció con una tallerista que trabaja para marcas como Jazmin Chebar y María Cher, y así pasó de hacer prendas por unidad a tener stock de centenares de chombas. Hace dos meses abrió un local en Palermo sobre la calle Fitz Roy. Los precios son deliberadamente accesibles —una chomba cuesta $50.000— porque compra la tela por kilo, no por metro, y porque prefiere visibilidad a maximizar la ganancia. “Si yo te pido 500 dólares por un saco, quizás vendo uno, pero si lo pongo en 150 o 200, por ahí vendo tres o cuatro y logro además que la marca se vea”, explicó. Y agregó: “A mí me sirve más que vos te pongas el saco y vayas a un evento y todo el mundo te vea. Me sirve más que vos lo tengas a que lo tenga yo.”
Aunque suele asociarse con el upcycling, las telas no son recicladas, son todas nuevas. “Son trapos a estrenar, no te puedo vender una remera con una mancha de tuco. De todas maneras, ahora estoy buscando proveedores que hagan rejillas y repasadores con proyectos de integración social”, explicó. El cliente de Trapo no es el que busca un buzo para abrigarse o una remera para ir a trabajar. Es el turista, el que va a una fiesta, el que quiere que la gente le pregunte qué tiene puesto. “Estoy vendiendo un saco sumamente loco, disruptivo para que cuando vayas a un evento te mueras de risa usando un estampado con limones”, sostuvo.
El humor es parte del producto, sin embargo, la crítica es feroz en redes —“tengo 400 comentarios buenos y 4000 donde me dan con un hacha”— también, de alguna manera, es parte del negocio. “Me divierto. No me lo tomo personal porque no me lo tomo tampoco en serio. Yo sigo jugando, soy un adulto jugando con trapos”, afirmó. Contreras no vive de Trapo Fashion Fear. Su sustento viene de negocios familiares relacionados con la agricultura y la ganadería. Cuando se le pregunta si piensa en abrir más locales, cuenta que se lo han propuesto desde Barcelona y Punta del Este, pero que prefiere la calma. “No quiero dispararme a la estratosfera y después pegarme un palazo. Prefiero ir tranquilo”, afirmó.
