lunes, 27 abril, 2026

Torcuato Di Tella: el inmigrante que creó la heladera más resistente y el taxi más icónico del país

Llegó a la Argentina con 13 años, sin capital ni contactos, y construyó un imperio industrial que marcó la historia del país. Su historia resume el esfuerzo de una generación de inmigrantes.

Llegó a la Argentina con apenas 13 años, sin contactos, sin capital y con un objetivo claro: progresar. Dormía en una casona humilde de Caballito, trabajaba como cajero en una juguetería y hacía trámites aduaneros para terceros. A simple vista, su historia parecía una más dentro de las miles de familias inmigrantes que buscaban una oportunidad en Buenos Aires. Pero no lo era. Esa fue la semilla de uno de los procesos industriales más importantes del país, protagonizado por Torcuato Di Tella.

La familia Di Tella había llegado por primera vez a la Argentina en 1894, pero sin éxito regresó a Italia. Tras la muerte del padre, Amato Nicola, decidieron intentarlo nuevamente y en 1905 se establecieron de forma definitiva en Buenos Aires. A comienzos del siglo XX arribaron su tío Salvatore, su madre Ana María y sus hermanas Laura y Bianca, mientras que el hijo mayor, Giuseppe, permaneció en Italia. Instalados en Caballito, todos debieron salir a trabajar: sus hermanas como costureras y Torcuato en empleos administrativos desde muy joven.

Sin embargo, entendió rápidamente algo que marcaría su destino: trabajar no alcanzaba, había que formarse. Por eso rindió el secundario de manera libre en el Colegio Nacional Mariano Moreno y luego ingresó a la Universidad de Buenos Aires, donde se graduó en Ciencias Exactas en 1921.

El punto de inflexión llegó en 1910. Tras cinco años trabajando en la casa Dell’Acqua, recibió una propuesta de los hermanos Alfredo y Guido Allegrucci para asociarse en una fábrica de amasadoras de pan. El contexto era ideal: una ordenanza municipal obligaba a reemplazar el amasado manual por máquinas y una huelga de panaderos había paralizado la producción. Donde otros veían conflicto, Di Tella vio oportunidad. Así nació SIAM Di Tella, inicialmente como Sección Industrial Amasadora Mecánica.

En 1911 patentaron la primera máquina y comenzaron a producir en un pequeño local en la calle Rioja al 100. Sin capital, Di Tella tomó decisiones arriesgadas: invirtió dinero que aún no tenía en publicidad y recorrió el país vendiendo personalmente las máquinas. El resultado fue inmediato y la demanda creció de forma exponencial.

En 1915, cuando el negocio empezaba a despegar, fue convocado por el gobierno italiano para cumplir el servicio militar. Participó durante cuatro años en la Primera Guerra Mundial. Regresó a la Argentina en 1919 con 27 años, convertido no solo en industrial sino también en veterano de guerra. Lejos de frenar su impulso, redobló la apuesta.

Durante la década de 1920, SIAM se consolidó como líder en maquinaria de panificación y comenzó a diversificarse. Gracias a su vínculo con Enrique Mosconi, titular de YPF, la empresa obtuvo contratos clave para fabricar surtidores de combustible, oleoductos y equipamiento para la industria petrolera. Hacia 1929, la compañía ya facturaba seis millones de pesos anuales, controlaba el 90% del mercado de amasadoras y el 60% de los surtidores de nafta. Ese mismo año, Di Tella quedó como único dueño de la empresa.

El crecimiento no fue lineal. La crisis mundial de los años 30 puso a SIAM contra las cuerdas. Con 367 obreros y 20 empleados administrativos, la empresa estuvo al borde de la quiebra. Para sobrevivir, Di Tella implementó un plan de emergencia: consiguió financiamiento del Banco Alemán Transatlántico, cerró sucursales y vendió tierras. Pero entendió que el problema era más profundo: el mercado de amasadoras estaba saturado y el negocio petrolero dependía de decisiones políticas en un contexto inestable tras el golpe de 1930.

La solución fue radical: cambiar de modelo. SIAM dejó de enfocarse exclusivamente en bienes industriales y comenzó a fabricar productos de consumo masivo. Así nacieron las heladeras, lavarropas, ventiladores, planchas, lustradoras y bombeadores de agua. La apuesta fue un éxito. En pocas décadas, SIAM se convirtió en sinónimo de electrodomésticos en la Argentina. La heladera Siam, en particular, se transformó en un símbolo de estatus y progreso en los hogares. Su durabilidad extrema, con unidades que siguen funcionando décadas después, reflejaba una filosofía industrial basada en la calidad y la resistencia. Entre 1945 y 1948, la empresa multiplicó por once su producción de heladeras, consolidando su liderazgo en el mercado.

El crecimiento no se limitó al ámbito doméstico. SIAM también fabricó maquinaria pesada, caños de acero, surtidores de nafta y hasta armamento para los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Ese negocio le permitió acceder a capital que luego reinvirtió en maquinaria europea a bajo costo, aprovechando la posguerra para modernizar su planta en Avellaneda. Allí llegó a emplear a 15.000 trabajadores, convirtiéndose en uno de los polos industriales más importantes de América Latina.

En 1928, Di Tella se casó con María Robiola, con quien tuvo dos hijos: Torcuato Salvador y Guido. Fiel a su visión, integró a toda su familia en la empresa y proyectó la continuidad generacional del negocio.

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