Mariano Tessone y Juan Pablo Richelmini plantaron vides en 2013 en una chacra familiar en Junín, a 260 kilómetros de CABA, y fundaron Finca Las Antípodas. La bodega elabora unas 2.000 botellas por año, organiza eventos que convocan a más de 2.000 personas y ofrece alojamiento entre las vides.
Mariano Tessone y Juan Pablo Richelmini, dos amigos sin experiencia previa en la industria vitivinícola, plantaron en 2013 sus primeras vides en una chacra de seis hectáreas en Junín, provincia de Buenos Aires, a unos 260 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Allí fundaron Finca Las Antípodas, una bodega que actualmente produce alrededor de 2.000 botellas anuales.
La iniciativa comenzó cuando ambos, consumidores de vino y con actividades profesionales ajenas al rubro (uno abogado y el otro dueño de un frigorífico avícola), decidieron buscar un proyecto en común. La tierra pertenecía al padre de Tessone, quien aceptó ceder una hectárea con la condición de recibir vino a cambio.
Antes de plantar, consultaron a Gabriela Celeste, directora de Eno-Rolland, consultora del enólogo Michel Rolland, para evaluar la viabilidad del proyecto. El estudio determinó que era posible elaborar al menos un rosado, lo que fue considerado suficiente para avanzar.
El 18 de noviembre de 2013 plantaron 1.100 vides de las variedades Malbec, Petit Verdot y Cabernet Franc en una hectárea. Posteriormente, los socios adquirieron las cinco hectáreas restantes de la chacra. El nombre Las Antípodas hace referencia a la latitud similar, pero en el hemisferio opuesto, de San Rafael, Mendoza.
Las primeras elaboraciones no llegaron al mercado. Según Tessone, durante dos o tres años los vinos resultaron fallidos por falta de experiencia y por las condiciones climáticas de la región, caracterizada por lluvias y humedad. Con asesoramiento externo, ajustaron el manejo de las plantas y la elaboración.
La primera partida comercializada fue de entre 400 y 500 botellas. Actualmente, la bodega produce unas 2.000 botellas por año de etiquetas como Field Blend, Ancellota y Marselan, con un estilo fresco y frutado, poca intervención de madera y graduación alcohólica de entre 12% y 13%.
Para complementar los ingresos, los socios organizan degustaciones y eventos. Vinarte, en noviembre, convoca a unas 2.000 personas, y Wine & Love, en febrero, reúne a unas 1.500. Además, construyeron tres guest houses sobre containers con capacidad para cuatro personas cada una, ubicadas frente a las vides.
Las tarifas de alojamiento parten de $90.000 por noche para dos personas entre semana y $100.000 los sábados y feriados. Para cuatro huéspedes, los valores son de $130.000 y $140.000, respectivamente. La degustación de cuatro vinos con picada cuesta $25.000 por persona para huéspedes y $30.000 para otros visitantes.
La comercialización se realiza principalmente en el establecimiento y durante los eventos, con precios de entre $25.000 y $30.000 por botella. Los socios planean aumentar la producción en las próximas vendimias para poder abastecer otros canales, aunque mantendrán la escala reducida.
