El gobierno de Pedro Sánchez enfrenta una de sus semanas más complejas debido al caso Koldo, la derrota electoral en Galicia y las tensiones por la ley de amnistía. Analizamos los factores que ponen en jaque la estabilidad de la legislatura.
Esta ha sido una de las semanas más difíciles para el gobierno de Pedro Sánchez. Para encontrar un momento similar, habría que remontarse a su renuncia como diputado en 2018 o a la derrota en las elecciones autonómicas y municipales de mayo del año pasado. La diferencia es que en aquellas ocasiones fue el propio líder socialista quien pudo manejar la agenda. En cambio, lo ocurrido con el caso Koldo refleja la imposibilidad de controlar los temas de discusión, los tiempos y los tonos del debate.
Los intentos del gobierno por vincular a Alberto Núñez Feijóo y a Miguel Tellado no parecen tener efecto, como tampoco lo ha tenido reflotar los casos de corrupción relacionados con la salida de Pablo Casado o los negocios del hermano de Isabel Díaz Ayuso. En el PSOE crece el temor a un efecto dominó que prolongue la crisis. La trama Koldo, las posibles declaraciones incómodas de José Luis Ábalos y el fallo del Tribunal Supremo contra Carles Puigdemont complican el panorama y abren interrogantes sobre el futuro de la legislatura.
«Sánchez es un líder, pero no alcanza. Para gobernar España se necesita territorio, astucia y saber qué tocar para que todo no explote», afirma una fuente cercana a la interna del Partido Socialista. La combinación de factores de febrero ha sido contundente: derrota en Galicia que consolida un declive territorial, la ley de amnistía atacada desde todos los frentes y el cisne negro de una trama de corrupción inesperada.
Sánchez sigue en el gobierno gracias a su audacia y pragmatismo extremo, diseñando una estructura de poder a su imagen y semejanza, con leales y sin figuras incómodas. Sin embargo, ese estilo no incluye dirigentes competitivos electoralmente en las comunidades donde el PSOE pierde peso, ni funcionarios que eviten irregularidades amparados por la lealtad. El desafío de todo liderazgo es conducir más allá de lo que alcancen las manos; si eso no ocurre, no hay liderazgo sino personalismo.
