La máxima categoría del automovilismo enfrenta un complejo desafío de ingeniería con las nuevas reglas que, desde 2026, equiparan la potencia del motor de combustión y el eléctrico, buscando ser un banco de pruebas para la industria sin comprometer el espectáculo.
Históricamente, las carreras de autos funcionaron como banco de pruebas para que las fábricas desarrollaran tecnología aplicable luego a los vehículos de calle, mejorando su performance, eficiencia o seguridad. La Fórmula 1, como máxima expresión de esa ingeniería, se encuentra en un período de ajuste con el inicio de la temporada y la aplicación progresiva de las regulaciones técnicas que regirán plenamente desde 2026.
Entre 2014 y 2025, los monoplazas utilizaron una propulsión híbrida donde el 85% de la potencia provenía de un motor de combustión interna V6 de 1.6 litros turbo, y el 15% restante de un motor eléctrico alimentado por una batería de litio. El cambio, consensuado entre la Federación Internacional del Automóvil (FIA) y los constructores, establece ahora una distribución del 50% para cada sistema. Además, el motor de combustión utiliza combustible sintético, desarrollado en laboratorio sin derivados del petróleo.
Para entender la tecnología, es clave conocer que tanto un Fórmula 1 como muchos autos híbridos de calle utilizan baterías de capacidad reducida. La del monoplaza es de 1,1 kWh, similar a la de algunos modelos híbridos comercializados desde hace años. La diferencia radical está en la potencia que demandan: mientras un auto híbrido convencional puede usar un motor eléctrico de unos 80 CV, el de Fórmula 1 emplea esa energía para alimentar un motor de 470 CV.
El objetivo de la categoría es desarrollar tecnologías que mejoren los autos de calle a futuro. En los híbridos actuales, la batería permite una autonomía 100% eléctrica muy limitada, pero su aporte principal es combinar potencia con el motor térmico para reducir el consumo de combustible entre un 30% y un 40%. Para ello, la batería debe recargarse constantemente.
Aquí reside el desafío técnico actual. Un Fórmula 1 recarga su pequeña batería rápidamente al levantar el acelerador o frenar, pero también la consume a gran velocidad al acelerar. Los pilotos reportan que, en pocos segundos, pueden perder la potencia eléctrica complementaria, pasando de unos 950 CV a solo 470 CV. En un auto de calle, que el motor térmico destine parte de su potencia a recargar la batería no afecta la conducción de manera perceptible. En un auto de carrera, donde cada caballo de fuerza cuenta, esto puede mermar el rendimiento.
Las discusiones entre la FIA, los equipos y los fabricantes giran en torno a encontrar una solución de compromiso. El equilibrio buscado es mantener a la Fórmula 1 como un laboratorio de tecnología para autos de calle más eficientes –capaces de recargar baterías más rápido y usar el complemento eléctrico por más tiempo–, sin perder su esencia como la categoría más rápida del mundo en circuito.
