Por qué Raúl Alfonsín, el presidente que llevó a juicio al mal absoluto, perdurará como héroe

Una publicación del jurista Alejandro Carrió, especialista en Derecho Penal y Constitucional (UBA) y Master of Laws de la Universidad de Luisiana (EE.UU) revisita, 40 años más tarde, uno de los ejes más trascendentales de las acciones de gobierno del ex presidente Raúl Alfonsín: su política en materia de derechos humanos.

En efecto, Alfonsín y los derechos humanos. El trasfondo ético, político y jurídico del juicio al mal absoluto (Sudamericana) permite una relectura de aquellos años y de algunos hechos fundamentales, a través de sucesivas entrevistas a Martín Farrell, Jaime Malamud Goti, Graciela Fernández Meijide, los jueces de la Cámara Federal (Guillermo Ledesma, León Carlos Arslanián, Ricardo Gil Lavedra y Jorge Valerga Aráoz), Horacio Jaunarena y por último a José Ignacio López y Raúl Alconada Sempé, en tandem.

“Alfonsín nos recibió de inmediato, y sin preámbulo, dijo: ‘Yo no puedo ser presidente sin intentar que se enjuicie a las Juntas, porque me parece una vergüenza. Pero a su vez, me doy cuenta de que no puedo enjuiciar a todos los integrantes de las Fuerzas Armadas, porque todos han cometido un delito”, revela el capítulo que sintentiza en una frase la perspectiva de Martín Farrell: “Tuvimos la suerte de ayudar a un prócer”.

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El escritor Ernesto Sábato, presidente de CONADEP entregó el informe final de la Comisión, tras 180 días de investigaciones.

“El terrorismo de Estado viola los derechos humanos, el terrorismo de derecha viola los derechos humanos, el terrorismo de izquierda viola los derechos humanos. Desde un comienzo, esa concepción de los derechos humanos, que es la concepción liberal, es la que tenía Alfonsín”, agrega Farrell, primer entrevistado.

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Apenas asumió la presidencia, Alfonsín sacó dos decretos simultáneos: el 157 promovía la investigación de los jefes guerrilleros y el 158, que enjuició a las Juntas Militares. Al deslindar los niveles de responsabilidad de los militares, el senador Elías Sapag aportó una modificación relevante a la la ley 23.049, sobre los alcances de la “obediencia debida”: sin que importara el rango de quién la invocara, ella quedaría excluida para los casos “atroces y aberrantes”.

Raúl Alfonsín, de presidente a héroe

A su vez, Graciela Fernández Meijide cuenta cómo el destino la llevó desde el aula donde enseñaba francés a la CONADEP, adonde llegó a pedido de Monseñor Jaime de Nevares. “Yo tenía un acuerdo ya con mi marido, que él trabajaba, porque alguien tenía que mantener a la familia, yo dejé todo (…) y me dediqué a trabajar nada más que ahí (…) y lo que nos sorprendieron fueron dos cosas. Una, la cantidad de gente que vino a hacer denuncias. Una cantidad enorme de gente. A pesar de que Madres dio la orden de que no lo hicieran. Hebe [de Bonafini] dio la orden de no colaborar con la Comisión. Me acuerdo que le dije a Hebe: ‘Vos sos loca. Ningún dirigente da una orden de imposible cumplimiento. (…) La otra sorpresa grande fue que aparecieron una cantidad de sobrevivientes que no los teníamos registrados. Eso hizo posible el juicio porque ahora tenías el ‘corpus” del desaparecido. Que era con lo que los militares se habían garantizado la impunidad”.

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“(…) En el formulario, además de las preguntas que se les hacían, agregábamos que, si tenían fichas dentales, radiografías, que por favor las trajeran. Por ejemplo, mi hijo había tenido un problema en el ojo y una fractura de un golpe. Yo tenía la radiografía y la agregué a su documentación”, recapitula la ex profesora de francés a quien el dolor y la sed de justicia llevó a renunciar para siempre a las aulas cuando perdió a su hijo Pablo durante la caza militar de la represión estatal.

Raul Alfonsin
10 de diciembre de 1983, inolvidable.

“(…) Teníamos suponete, veinte personas. Las reuníamos y les preguntábamos: ¿quieren ir a la ESMA con nosotros? La mayoría decía que sí. Ahí les pedíamos: Antes descríbannos cómo imaginan ustedes el lugar donde estuvieron? Y ahí delante de un arquitecto se hacia un plano. Había algunos que se tapaban los ojos. Se les sumaba un fotógrafo y con todo eso se iba a la ESMA (…) Entran a los calabazos con los que habían estado detenidos allí, Uno de ellos incluso se pone frenético, rasca la pintura beige de la pared y dice: acá tiene que estar’. Y efectivamente aparece debajo una pintura verde y él había grabado allí sus iniciales”.

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Una nueva publicación de Editorial Sudamericana revela las dudas y convicciones de Raúl Alfonsín, presidente ejemplar de la estabilidad democrática.

Cuando pedían ir debajo de los calabozos (muchos relataban que una escalera los conducía a una sala de torturas), la respuesta que recibía era “no tenemos nosotros autoridad sobre esa parte”.

«Entonces les dije: Miren, quedan dos posibilidades: o llaman ya a esa autoridad, la hacen venir y hacemos hoy todo. O tal como hoy, volvemos mañana con la televisión y con un permiso para ir a esa zona, que lo voy a conseguir. Entonces me dice: ‘bueno, déjeme ver.’ Al rato aparece uno, que era el jefe del área de abajo”, recuerda Fernández Meijide antes de aclarar que los miembros de la CONADEP iban a las capitales de cada provincia, “como muestra la película Argentina 1985, porque estaba claro que la mayor parte de las desapariciones ocurrían en lugares donde había universidades”.

Juicio ejemplar en la Argentina de 1985

A su turno, Horacio Jaunarena, que fue ministro de Defensa del ex presidente Alfonsín, redefine cómo vivía el líder radical la figura de las víctimas de la represión de Estado.

“Para Argentina fue una novedad recurrir a las teorías de la autoría mediata para condenar a los comandantes en jefe. Pero también la creación del crimen de lesa humanidad. Las dos cosas son creaciones que Argentina fue generando. De la mano de otras que también fueron tremendas y que ayudan a entender lo que nos pasó, como la invención del ‘desaparecido’. El desaparecido es un ser que contraría la naturaleza humana, porque el ser humano, cada persona, todos nosotros, tenemos un principio y un final. El desaparecido no tenía final. Por eso el dolor no tenía final. Y esto también es un elemento que aparece acá y que hacía mucho más complejo el tema del castigo a los responsables de la represión”, explica Jaunarena.

Horacio Jaunarena: «El desaparecido no tenía final. Por eso el dolor no tenía final».

Y agrega: “Acá hay mucha gente que mira para otro lado como si no hubiera tenido nada que ver. Durante el gobierno peronista de José López Rega, en la época de Isabel Martínez, había como cuarenta desaparecidos. El Instituto del “desaparecido” lo inventó López Rega, entre otros”, se despacha con afán salomónico.

El juicio al mal absoluto

Una curiosa perspectiva múltiple, pero colegiada, aporta la entrevista conjunta a los cuatro integrantes de la Cámara Federal.

“¿Cuánto los decepcionaron los indultos a Menem? Recordarán que fueron generalizados, abarcando a todo el mundo. A los miembros de las Juntas que ustedes habían juzgado, y a otros condenados posteriores, como Camps y Etchecolatz. Cuánto los afectaron personalmente!”, pregunta Alejandro Carrió, autor de Alfonsín y los derechos humanos.

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Juicio a las Juntas Militares, durante la presidencia de Raúl Alfonsín.

“Yo estuve de cama por dos días, con el sentimiento de ¿para qué tanto trabajo?’. Después te vas reponiendo y decís: ‘Bueno, la sentencia está’,”, respondió Ricardo Gil Lavedra.

“Para mí también fue un hecho grave, era inconcebible. Y además por el significado institucional que tenía eso, porque sobre esa base se estaba construyendo la refundación democrática. Era imposible reconstruir la democracia, el estado de derecho, haciendo la vista gorda a hechos de esa gravedad”, opinó Carlos Arslanián.

“Lo mismo creo, pero yo le encontré una virtud”, apunta Guillermo Ledesma. “Nosotros empezamos con la condena de tres presidentes y cinco comandantes en jefe, un aseguramiento de la democracia. Después, cuando Menem sufrió un nuevo levantamiento, el 4 de diciembre de no me acuerdo que año, creo que, si no hubiera dispuesto el indulto, no le habrían respondido las Fuerzas Armadas para reprimir”.

Juicio a las Juntas
En primer plano, a la izquierda, los fiscales Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo, durante el Juicio a las Juntas Militares.

Raúl Alfonsín, perdurable

El autor se reserva para sí, la última sección del libro, para responderse a la luz de lo anteriormente expuesto, el alcance de la figura de Alfonsín.

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“Es probable, como señaló alguno de los entrevistados, que esa política pecara de ‘ingenua’. También lo es que el presidente terminó envuelto en un dilema acerca de cómo continuar con dicha política (…). Fue él mismo, con los pasos trascendentes que dio o posibilitó quien creó un mayor deseo de justicia y de castigo a los violadores de los derechos humanos”.

O como apunta Ricardo Gil Lavedra: “La película Argentina 1985 tocó una fibra, por eso ha sido un éxito tan extraordinario de público, el documental sobre el juicio también. Y por supuesto, claro, el poder rememorar y conmemorar ese hecho histórico también engrandece la figura de Alfonsín. Aunque de todas maneras, me parece que Alfonsín ya es un prócer reconocido por todos”.

“Más allá de la decisión de impulsar el juicio, Alfonsín ya tiene una enorme influencia en los hábitos y en las prácticas democráticas. Que el primer presidente, luego de la recuperación democrática, haya sido una personalidad como él, creo que tuvo un efecto docente extraordinario. Porque en realidad el pueblo, muchos por primera vez, vivieron cómo debía ser una democracia, el pluralismo y la tolerancia”, resumió Gil Lavedra, quien ha sido juez ad hoc de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

MM / ED

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