Al final, Federico Sturzenegger asume un cargo oficial y va a trabajar en Olivos con Javier Milei

En un claro desafío a la oposición y en un mensaje también puertas adentro del Gobierno, Javier Milei avanzará con la designación de Federico Sturzenegger como funcionario. Tras varias idas y vueltas y en medio de cuestionamientos al ideólogo de la «ley ómnibus» por su amplitud y la diversidad de ejes que contempla, el Presidente designará al ex presidente del Banco Central al frente de la «Unidad Transitoria para la Desregulación de la Economía».

Sturzenegger se instalará en la Quinta de Olivos y tendrá su oficina a unos metros de dónde trabajará Milei: usará parte del espacio reservado para el jefe de Gabinete, Nicolás Posse, de quien dependerá formalmente en el organigrama.

«Va a trabajar con Nicolás, pero reportará directo al Presidente», dijeron en Casa Rosada al confirmar la novedad. La idea, según confiaron fuentes oficiales, es que Sturzenegger siga trabajando en más iniciativas para ampliar el proceso de reforma del Estado.

Sturzenegger había dicho que con el DNU y la «ley ómnibus» que trazó el Gobierno «se alcanza a cubrir el 40 por ciento de los cambios identificados en el proyecto de revisión de leyes” que tiene Milei.

Con esa premisa, Sturzenegger se encargará de revisar decretos y otras leyes que representen «un obstáculo para el desarrollo de la economía y las inversiones», explicaron en Balcarce 50. Su equipo estará integrado por «no más de 7 personas», entra las que no se cuenta a Demian Reidel, quien pese a su cercanía desembarcó en el Gobierno para asesor económico de cabecera de Milei.

Advertido de las críticas que recibió el ex presidente del Banco Central, y también de cierto ruido dentro de La Libertad Avanza por la falta de consultas previas durante la redacción del proyecto, Milei se encargó de respaldarlo en reuniones privadas. «Es brillante, intocable para mí», se le escuchó al mandatario.

Pero, como contó este diario, en el entorno presidencial conceden que «algo de falta de tacto» en el proceso de confección del proyecto: «Se sobregiró», admiten.

Sturzenegger fue señalado por un sector del Gobierno como el responsable de adelantar la puja con la CGT, que redundó en la convocatoria a un paro nacional en tiempo récord contra un Presidente desde el regreso de la democracia. A dos semanas de la medida fuerza, el economista parece haber impuesto su lógica: el Ejecutivo decidió retirarse de la negociación.

Además del nombramiento de Sturzenegger, la novedad del jueves fue la confirmación de Caputo como «asesor presidencial». Así fue oficializado por el Gobierno al mencionarlo entre los presentes en la reunión de Gabinete.

Hasta el momento, el consultor estrella del Presidente se resistía a aceptar una designación como funcionario. Incluso, cuando se lo señalaba como posible jefe de asesores, se encargó de desactivar la versión: «No está interesado en ningún cargo».

De confianza de la secretaria general de Presidencia, karina Milei, a Caputo no le quedó otra opción que aceptar un contrato como asesor: en Presidencia le advirtieron que, de lo contrario, por cuestiones reglamento interno sobre el funcionamiento de la Casa Rosada, no iba a poder continuar ingresando por donde lo hacen los ministros y funcionarios de primera línea.

Es que quienes no tienen ningún lugar en el Ejecutivo deben anunciarse por la mesa de entradas de Balcarce 24 y pedir autorización al área a la que se dirigen: un trámite demasiado engorroso para alguien acostumbrado a secundar al jefe de Estado. Sin embargo, hay quienes sostienen que su decisión de aceptar el cargo tiene otras motivaciones y está vinculado al nombramiento de Eduardo Serenellini como flamante secretario de Comunicación y con mayores responsabilidades políticas que las de su antecesora, Belén Stettler, del equipo de Caputo.

Con todo, días después de la asunción de Milei, Caputo se instaló junto a su equipo en el Salón de Mujeres Argentinas, a metros del ala presidencial, desde donde se encargan de trazar la estrategia en materia de comunicación y de liderar la «batalla cultural» que la militancia libertaria libra en redes sociales contra detractores de la actual administración.

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