¿Y si el mejor plan de los economistas es tener más humildad y nada de soberbia?

“La humildad es algo maravilloso y una estrategia fantástica para los economistas. Nos valoran por lucir seguros y ‘sacar pecho’ pero si nos invitan a un show de televisión y nos preguntan ‘¿Qué sucede o cómo la vemos?’ y respondemos ‘No lo sé’ , seguramente no nos vuelvan a invitar. Hay que aceptar y saber abrazar la humildad”.

La frase la dijo el economista de la Universidad de Michigan Justin Wolfers esta semana en una entrevista en el marco del simposio de Jackson Hole, Estados Unidos, una reunión anual famosa donde funcionarios de la Reserva Federal, bancos centrales de todo el mundo y economistas académicos se juntan para conversar sobre política monetaria. El tema principal hoy en Estados Unidos es la inflación y si Jerome Powell, el presidente de la Fed (el Banco Central de EE.UU.), seguirá subiendo las tasas de interés para que el IPC vuelva a la meta de 2% anual.

“La dificultad con la macroeconomía es que las variables que pensamos importan son inobservables”, siguió Wolfers, muy activo en X (ex Twitter).

—¿A qué le presta atención?— le preguntó un periodista de Bloomberg—. Ustedes manejan datos imperfectos y sus modelos también lo son.

Wolfers redobló la apuesta.

—Y los economistas somos imperfectos ¿no?respondió sonriendo—, pero mire, las críticas que nos hacen a los economistas son más imperfectas que nosotros. Nuestra mejor defensa es decir que no hay mejor alternativa a nosotros. Somos por lejos la mejor peor alternativa.

Quizá por esto en los contextos de incertidumbre y crisis, la palabra de los economistas sea más escuchada que en épocas normales. Tal vez no hay nada como un político en problemas para que la figura de un economista ascienda y, como dice Wolfers, estos son “la mejor peor alternativa” o “el segundo mejor”. Una solución de esquina.

“Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando aciertan como cuando se equivocan, son más poderosas de lo que comúnmente se cree… Los hombres prácticos, que se creen libres de influencias intelectuales, acostumbran a ser esclavos de un economista difunto”, escribió John Maynard Keynes.

Claro que los economistas son difíciles de llevar también. Franklin Roosevelt contó de su no buena experiencia con Keynes cuando se vieron en 1934. “Parece más un matemático que un economista político”, dijo el Presidente de EE.UU. señalando “la soberbia” del inglés.

Patricia Bullrich, candidata a presidente en la Argentina por el frente opositor de centroderecha Juntos por el Cambio, esta semana presentó al economista Carlos Melconian, no solo como su candidato a ministro de Economía, sino también para irrumpir en la campaña y neutralizar la conversación de Javier Milei, el economista candidato a presidente por Libertad Avanza y que captó la atención con su idea de dolarizar el país.

¿Lo logrará Melconian? ¿es la mejor peor alternativa de Bullrich como diría Wolfers? ¿los otros economistas de JxC cómo lo recibieron?

Como Wolfers esta semana, Paul Krugman, premio Nobel en Economía, señaló que los economistas deberían mostrar más humildad. Fue en una columna suya en The New York Times donde rechazó la comparación que muchos de sus colegas hacen hoy en EE.UU. (apuntó específicamente a Larry Summers) para decir que la baja de la inflación allí de 9% a 3% anual quizá no sea permanente y pensar que sí lo es sería cometer el mismo error de la década de los setenta cuando los precios bajaron en un período, pero luego repuntaron disparándose el desempleo.

“¿Estamos fuera de peligro en materia de inflación? No necesariamente. La economía sigue funcionando a buen ritmo por lo que existe la posibilidad de que la inflación se reactive. Y cualquiera que confíe plenamente en los datos actuales o en los análisis actuales es un necio. Si algo deberían haber aprendido los economistas de los últimos años es la necesidad de mostrar cierta humildad. Es muy posible que los datos, los modelos o ambos pasen por alto lo que hoy ocurre”.

Cuando días atrás le preguntaron en Buenos Aires a Tom Sargent, otro Nobel en Economía, cuál sería su forma de pensar si no creyera en la teoría de las expectativas racionales —Sargent es uno de los fundadores de una corriente que innovó la teoría 50 años atrás al postular que las personas toman decisiones teniendo en cuenta qué sucederá mañana y los resultados de la política económica dependen no solo de diseños y marcos sino además de qué piensan las personas sobre las medidas—, se quedó pensando y respondió “no lo sé”. El economista de la Universidad de San Andrés, Javier García Cicco, valoró la ‘no respuesta’ de Sargent en su cuenta de Twiter. “Los grandes no tienen miedo de reconocer que no entienden todo. Hay que imitar eso”.

Lo de Wolfers, Krugman y Sargent muchas veces recuerda que en economía hay más preguntas que respuestas y quizá más arte que técnica a la hora de arremangarse la camisa.

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